Malditos paraguas

¡Odio a muerte los paraguas! Los odio por infinidad de razones, la principal: porque siempre los dejo olvidados en los lugares  más insospechados. Y los que se encogen, los que se pueden llevar en el bolso, ¡se me resisten todos!

Estaba realizando un trabajo sobre Hemingway. Necesitaba volver a leer “El viejo y el mar” y, como el ejemplar que tenía en mi librería había desaparecido, decidí salir a comprar otro y, de paso, cubrir una primitiva.

Después de adquirir el libro, me metí en el bar en el que suelo sellar mis boletos. Se trata de un local muy pequeño y concurrido. Quedaba un hueco en la barra y hasta un taburete vacío —cosa que a ciertas horas no ocurre con frecuencia—,  así que decidí aprovechar la ocasión para sentarme a tomar un café. Como al salir de mi casa llovía bastante, muy a mi pesar, no tuve más remedio que echar mano del tan odiado paraguas.  Mientras tomaba el café lo colgué de la barra.

Cuando me marché del bar, había dejado de llover. A pesar de ello decidí tomar el autobús y llegar pronto a casa para continuar con mi trabajo literario. Al apearme, opté por utilizar el paraguas como bastón y no llevarlo colgado del brazo. Anduve unos cuantos pasos, hasta percatarme de que aquel paraguas era bastante más alto y cómodo que el mío cuando lo utilizaba como báculo. Dirigí la mirada hacia la mano que lo empuñaba y pude observar que se trataba de un paraguas de hombre: negro —el mío, de un verde descolorido—, con lujosa empuñadura  —la del mío, de humilde plástico— y el broche que lo sujetaba, con el logotipo de una acreditada firma.

Armada de paciencia conmigo misma, crucé la calle y cogí el autobús en sentido contrario. No quería que me tildasen de ladrona, por un cochino paraguas.

En el bar no quedaban  prácticamente clientes, por haber vuelto a sus respectivos trabajos.  Entré enarbolando el paraguas de lujo,  al tiempo que el camarero alzaba el mío. Nos reímos un poco acerca del cambio. Cuando ya me marchaba, el camarero dice, señalando mi brazo:

—Y la bolsa, por favor…

—¡Esta sí que no!  —respondí con total convencimiento— Acabo de comprar un libro  —mencioné su título— que va dentro de esta bolsa.

—Dentro de esa bolsa está la prensa de hoy. ¡Compruébelo!

—¡Ahora mismito lo comprobamos! Esta vez estoy segura.

Y, como es de suponer, en la bolsa había dos periódicos.

La mía se había quedado en la librería esperando que volviese a recogerla.

3 comentarios en “Malditos paraguas

  1. Querida Mari Carmen: Al fin he conseguido entrar en tu blog, ( luego te diré como ) he estado leyendo todo lo que tienes escrito y quiero decirte que tienes alma de literata. Continúa deleitándonos a todos con tus despistes y vivencias porque haces feliz al lector. Te quiero porque eres eres así de auténtica. Un besazo de tu prima que te admira.

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