Experiencias

Hay una expresión que utilizamos en mi tierra gallega que encaja muy bien aquí: “o mais malo é empezar (es comenzar)”. Creo que para mí lo peor es empezar, continuar y rematar. Espero no irme demasiado por los cerros de Úbeda en este mi primer intento autobiográfico y salir airosa del trance. Allá va, pues:

Nací en un bonito pueblo llamado Palmeira, perdido en un hermoso paraje de la geografía gallega, en el seno de una familia de clase media con pocos recursos –venida a menos, vamos- y que en tiempos no tan lejanos había sido el mayor exponente de la aristocracia local.

Mi niñez y mi primera juventud transcurrieron prácticamente en mi pueblo. Mi vida, desde que tengo uso de razón, estuvo jalonada de acontecimientos dignos de ser narrados –gozos y sombras- que prefiero silenciar, pues tendría que implicar a personas y situaciones que de alguna manera influyeron en mi existencia -¿marcaron?- y hoy por hoy no me siento con ánimo. Tal vez eche mano de esas vivencias cualquier día, cuando pueda hacerlo de una manera más reposada, si llego a adquirir la soltura necesaria en mi andadura por la Red.

Estudié Magisterio en Santiago, cuando los planes de estudio se reducían a memorizar la lista de los reyes godos;  aprenderte la geografía física de España; dejar a los Reyes Católicos en el más alto pedestal como paladines de la cristiandad; los 26 puntos de la Falange;  el pasaje bíblico del Rico Epulón y Lázaro (del que guardo un terrible recuerdo que algún día contaré)… Poco más… Bueno: en Lengua y Matemáticas no teníamos medidas restrictivas, salvo en la lista de libros de lectura que se reducían al Quijote y cuatro o cinco novelas ejemplares: La Gitanilla, la ilustre fregona, El  coloquio de los perros, Rinconete y Cortadillo y El Licenciado Vidriera. Los pensadores como Sartre o Camus, eran representantes del mal. De Nietzche ni se hizo mención.

A pesar de lo dicho, añoro para mis nietos aquel tipo de enseñanza y, sobre todo, el respeto que el alumno profesaba al maestro.

En mi época de estudiante conocí al que años más tarde sería mi marido. Me casé a los 24. Y, desde ese momento hasta hoy, realicé 17 traslados de domicilio, impuestos casi siempre por la profesión de mi cónyuge. Enviudé recién cumplidos los 39 años, después de un largo peregrinar por diversos hospitales y sanatorios a causa de la enfermedad de mi esposo.

A los veinte y pocos días de quedarme viuda, aterricé en Madrid con cinco niños de nueve, diez, once, doce y trece años. Lo de aterrizar es un decir, ya que el viaje lo hicimos en tren ocupando un departamento completo de literas. En la capital me esperaba un trabajo, pero no así una casa  ni un colegio para las niñas. Los niños lo llevaban asignado.

De mi estancia en la capital, ¡qué os voy a contar! Corría el año 1974, año de cambios acelerados difíciles de asumir –mejor diría digerir- por una madre provinciana. No voy a   narrar de momento las aventuras y desventuras de mis primeros tiempos en la capital, aunque fueron muchas y variadas; sólo significar que cuando llegue a esta bendita ciudad, a la que amo con todas sus grandezas y miserias, por no tener no tenía ni casa en qué cobijarme.

(El culebrón –real como la misma vida- tal vez lo continúe en otra ocasión)

 

 

 

 

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