Un día como cualquier otro

Aquel día me notaba verdaderamente rara.

Me di cuenta de que no me sentía bien cuando me dirigía a la cafetería a tomar el café de las 11. Tenía que estar francamente mal para que yo —con síndrome de la bata blanca— decidiese acercarme a la centralita a pedir cita con el traumatólogo.

El mal radicaba en la cintura, o en la cadera… No sabría decirlo. Parecía como si las tuviese desarticuladas.

Mientras esperaba que me diesen línea, me senté en un banco y comencé a estirar el tronco y a elevar las piernas al mismo tiempo que las hacía girar en busca de alivio…

Fue en ese momento cuando se desveló el misterio: mis zapatos eran negros  —el colmo sería que tuviesen distinto color— y de un modelo bastante similar…  Pero entre sus tacones existía una más que respetable diferencia de altura.

Como es de suponer, anulé la llamada a la policlínica.

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