El Globo

happy-smiling-balloonsHace muchos años, cuando todavía éramos niños,  en el cumpleaños de un amigo —aquí en Palmeira— el homenajeado nos contó este chiste que, por lo gracioso, sigo contando a mis nietos, bisnieta, en cumpleaños infantiles y hasta en reuniones de amigos. (Gracias, Nacho. No lo cuento con la misma gracia que tú, pero hago lo que puedo: la gente se ríe y los niños ya ni digamos).

Un matrimonio que tenía varios hijos pequeños y no gozaba de servicio (me refiero a una persona que les echase una mano), decidió salir por la noche a darse un garbeo.

Después de duchar y dar la cena a los niños, los mandaron a la cama con una serie de recomendaciones. Recomendaciones que cayeron en saco roto; porque, nada más oír el portazo que dieron sus padres al salir (lo del portazo lo digo influida por la puerta de mi casa que se queda indefectiblemente abierta si no lo das), saltaron de la cama y se liaron a jugar con un globo.

No sé si a causa de la intranquilidad de dejar solos a los niños, a la mamá le entraron unos  descomunales retortijones, acompañados de unas enormes ganas de ir al wáter, y  no le quedó otra que volver a casa a marchas forzadas.

Al escuchar el ruido de la llave en la cerradura, los chavales volvieron veloces a la cama, aterrizando el globo en la taza del wáter. La madre —entre el nerviosismo del momento y que debía de ser más despistada que una servidora—  ni se enteró de lo que había dentro del inodoro. Lo único que deseaba ardientemente era liberarse de tan molesta carga.

Concluida la faena, se volvió para tirar el papel higiénico por el wáter (en aquel tiempo no existían toallitas dermatológicas). Y… —¡oh, espanto!— lo que vio la dejó aterrorizada.

Llamó a su marido a voces. El hombre trató de tranquilizarla, a pesar de que él tampoco las tenía todas consigo.

 Creyeron que lo mejor sería avisar al médico. Ante la imposibilidad de explicarle por teléfono lo inexplicable, el galeno se personó en el domicilio con la máxima urgencia.

 De rodillas ante el wáter, el doctor observó aquella enorme bola de naturaleza desconocida. Pidió al dueño de la casa que le facilitase algo punzante para estudiarla mejor. Ante la dureza de la bola, comenzó a hurgar cada vez con más fuerza. ¿Y qué creéis que ocurrió?  Que el globo reventó, claro. Pero es que al reventar se fue a posar en la cara del concienzudo médico.

 El galeno sólo pudo exclamar: “¡En los veinte años que llevo de profesión, jamás había visto un pedo con cáscara!”.

4 comentarios en “El Globo

  1. ¡Que gran cuento! Aún recuerdo cuando me lo contabas de pequeña, hace 30 años ya…En aquel momento me encantaba escuchar a mi abuela contar historias de guarrerías, y no me cansaba de pedirte que me contaras la del “pedo con cáscara”. Ahora es mi hija la que disfruta con tus cuentos; de ratoncitos con la oreja rota, de ecos rebeldes y otros temas súper interesantes, pero sin duda los que más le gustan ( creo que en esto sale a su madre), son los que hablan de pedos y caca.
    Gracias por escribirlo y compartirlo a través de este blog, reconozco que leerlo después de tanto tiempo me ha hecho recordar momentos muy bonitos.
    ¡No dejes de escribir!

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  2. He vuelto a releer todas tus anécdotas y me estoy partiendo de risa, principalmente con la del pedo con cáscara. Es genial!! casi tanto como tu.
    Besiños palmeiráns

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